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Mi abuela era de naturaleza impositiva y rápida sentencia. Así, las decisiones que mi madre tomaba, caminaban de puntillas evitando ser vistas. Aunque no siempre conseguían sortear su figura imponente, erguida en aquella mecedora desde la que dictaba veredictos.
-La llamaré Clara- anunció mi madre una tarde.
El gesto de estreñida consternación en el rostro de mi abuela anunciaba siempre una sentencia desfavorable.
-Clara no me gusta. La llamaré Clareta.
A mi madre ese diminutivo tan habitual en Valencia, que usamos para dirigirnos cariñosamente, pero también para ridiculizar o empequeñecer al otro, le parecía de lo más inapropiado. Sin embargo sabía que aquel veredicto se cumpliría, así que días más tarde anunció su segunda opción.
-La llamaré Carla.
-¡Uy! Carla. Qué feo por favor. La llamaré Carloteta.
¿Carloteta?, pensó mi madre, pero si Carlota significa zanahoria en Valenciano. Carloteta es zanahoria insignificante, ni siquiera dulce o crujiente. Una zanahoria diminuta que puede terminar arrugándose, olvidada en un rincón de la nevera porque nunca sirvió para dar sabor a un guiso.
-La llamaré Ester entonces … – medio afirmó, medio preguntó mi madre.
-Ese nombre sí es bonito. Me gusta Ester.
Pero la cosa se torció desde el primer momento, porque yo nací con la piel muy oscura y la cara cubierta de pelo, y mi abuela sentenció que yo parecía gitana.
Para ella siempre fui la gitaneta.

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Nombre: ESTER CARRILLO BENEDITO

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