Paul grita

Paul grita -"Me muero"-con las pocas fuerzas que le quedan en su enjuto cuerpo, aún tocado por su panamá. Ella, aunque sorda, es de reflejos rápidos, siente la vibración de la voz, da forma y color al sonido, con diligencia y tono desenfadado responde- "Estoy viendo la novela"-. No se levanta de su mecedora, desde donde atiende a quienes llegan en tropel a su hacienda para que les prediga su suerte en el dinero y el amor. Él cierra los ojos, permanece inmóvil, no se muere ese día. Como siempre ella tiene razón.
Se balancea como esa brisa suave, que mueve los mechones blancos de sus sienes, a lo largo de su recta espalda, su cabello recogido en un sueño sencillo de cola de caballo, que baja hasta la altura de su cintura, dándole una esbeltez poco común, acentuado por su delgadez, cuando camina con la rotunda y firme pisada de la mujer que tiene en sus ojos la determinación de quien sabe lo que quiere, su mirada, de ojos negros profundos que penetran todo lo que miran.
Paul, se ha quedado dormido en una postura incómoda, la noche anterior no ha pegado ojo, pensando en círculos, dándole vueltas a la sequía que les rodea, a su tierra, a su ganado, a los sembrados que se han echado a perder. Ella que tan bien lo conoce, sabe cómo sacar a ese náufrago de angustias del mar revuelto.

Autor

Nombre: Jorge S. Arroyo

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