Piezas

Por algún sitio había que empezar. Lo había estado meditando durante semanas y no encontraba una manera de hacerlo, pero por algún sitio había que empezar, así que tomó la carabina, se apostó en la azotea y esperó pacientemente hasta que el tipo comenzó a doblar la esquina. Era él, no le cabía la menor duda. Esto, se dijo mientras contraía el dedo, es por lo del desahucio. El tipo, aturdido, sintió que una avispa se abría paso por su pecho, y desentendiéndose del maletín, se palpó la camisa y miró hacia arriba, como si no acabara de entender. Entonces él agitó la mano, despidiéndolo. Pero el tipo no se desplomó, sino que fue reculando hasta el naranjo de la esquina, como si quisiera rebobinar su camino o en el tronco buscara una suerte de inmortalidad. Agarrado al tronco se fue escurriendo hasta el suelo y advirtió el rastro de sangre que iba dejando a su paso. Observó que la sangre goteaba sobre las hierbas que crecían, pujantes, alrededor del tronco. Y cerró los ojos, y fue flexionando las rodillas hasta quedar sentado en tierra. No era exactamente dolor lo que sentía, sino rabia. Pero ya era tarde. Firme aquí y olvídese de todo, se escuchó decir. Con el dinero que le sobre se compra un coche y esa carabina de la que tanto me ha hablado. Verá qué piezas cobra. El otro firmó y él le extendió la mano. Era una mano caliente, resuelta, palpitante de vida.

Autor

Nombre: Manuel Moya

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