Querer y no poder

Llevaba retrasando tanto tiempo este momento que acabo convirtiéndose en un ahora o nunca. Cruzamos la entrada del aeropuerto. Yo llevaba una de sus maletas en una mano y con la otra me presionaba las gafas de sol contra la cara en un intento de contener las lágrimas que ya empezaban a asomarse. Ella caminaba deprisa, intentando divisar el mostrador dónde debía facturar. La esperé al final de la cola hasta que regresó con el billete en la mano. Me quité las gafas y ella pareció intuir lo que estaba a punto de decirle. No permitiría que se fuera sin que supiera que me gustaba, que la quería, y que todos estos meses a su lado se habían convertido en un suplicio y en una bendición para mí; que yo no me enamoro de cualquiera y que, si me había dejado llevar, era porque sabía que ella también sentía algo por mí. Y así se lo dije. Fue entonces ella la que comenzó a llorar. Me confesó que esa atracción mutua era cierta y que no solo le gustaba, sino que me había convertido en una de las personas más importantes de su vida para acabar diciendo que, a pesar de todo, no podía tener nada conmigo. No podía porque yo era una mujer y ella nunca había estado con una mujer antes. No dijo no quiero, dijo no puedo, y se maldijo por ello porque nunca se había sentido tan a gusto con un hombre como se había sentido conmigo. Se marchó. Desde entonces no hay día que no me pregunte cómo sería la vida si solo atendiésemos a lo que queremos en lugar de a lo que podemos o no hacer.

Autor

Nombre: Marta Villena

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1 comentario
  1. Sublime,
    Lástima que sea un final tan triste.

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