Ragdoll

No se han enfriado aún los cuerpos de las víctimas del ataque químico contra la población y ya suenan las acusaciones cruzadas. El gas venenoso no sabe de niños ni mujeres; solo de engrosar cifras, coleccionar portadas y fabricar ajenos. Siempre tan golosón. Al fondo, las crestas de millones de almas que deambulan como zombies buscando un refugio o un final. Que acabe, por Dios.
Y miran, vacíos, una brújula desbocada en su mano. Bebés y niños sometidos a manguerazos, espuman su aliento y aspiran el ventolín que les une al mundo tan frágilmente como globos olvidados en una fiesta, sin más ambición que ser por fin éter, con el ansia de un pez coleando en un río seco, sin tener muy claro para qué rompieron aguas.
Al fondo, preside la escena un muñeco de trapo. Le falta un ojo y tiene desgarrones, pero sonríe burlón, deseando que el mortal baje a su nivel inane e igualar, así la ecuación.
-¡Coooorten!¡Quiero silencio! ¡Y más gas! Traigan una remesa nueva de figurantes...! Los de la ONU, entrenen carita de pena y maltraten sus ojeras. Así, frotando con el puño. El representante de la UE, prepare bien el comunicado de condena.
Que la chusma bovina se quede tranquila, que hoy no hay Champions. Así, eso es...
Malditos seáis. Malditos.

Autor

Nombre: Luis Bañeres

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