Rupestre.

El muchacho al que todos llaman Ur, percute hábilmente una piedra ferrosa contra otra de sílex y utiliza un puñado de hongo yesquero para encender la fogata. Entorno a la lumbre se arremolinan los miembros del clan. El más viejo del grupo, que ni siquiera frisa los veinticinco años, instruye a Ur en el mágico arte de la pintura ritual, indispensable para atraer una pródiga caza.
Le pide a Ur que termine de pintar la caverna, porque sus manos son inútiles. Se congelaron al intentar alcanzar las tierras ignotas que se extienden tras las montañas nevadas, en donde creyó que hallaría alimento en abundancia para el desnutrido clan. Mas no trajo de allí sino una pierna destrozada y unas manos muertas con las que no puede cazar, ni pintar, ni defender a los suyos ante un ataque enemigo; ni siquiera colaborar en la recolección de frutos, bayas y raíces que, a duras penas, arrancan a la tierra helada.
Provisto de una luz de tuétano se adentra, junto con Ur, en lo más recóndito de la caverna, hasta arribar a una oquedad colmada de ofrendas votivas.
Le dice a Ur que se haga cargo del clan porque él no es ya sino una carga para el grupo… Le pide que coja un cuchillo de pedernal y que le quite la vida y que aproveche la sangre y la grasa para pintar. Le dice que con una boca menos que alimentar y con la magia de la pintura quizá el clan sobreviva un invierno más.

Autor

Nombre: Francisco Javier Guerra del Río

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1 comentario
  1. Excelente microrrelato donde nos dibujas un ancestral tiempo en el que la dureza de las condiciones llevan a crear situaciones extremas para procurar la supervivencia. En cierto modo es parecido a mi trabajo. Suerte.

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