Sacrificio

El calor era sofocante. Cuando me sacaron de la cámara sentí un gran alivio, aunque no fue para mi bien, simplemente me vistieron como mandaba el rito ancestral. Me colocaron sobre lo que sería mi mesa de sacrificios. Era redonda y a su alrededor estaban dispuestos quienes ejecutarían mi martirio final. Todos vestían los ajuares propios de la ocasión. Llenaron los cálices con el elixir espirituoso, el maestro de ceremonias comenzó a blandir un filoso cuchillo y finalmente lo hundió sobre mi ser tantas veces como asistentes había. El holocausto final se había consumado. Mi destino se había cumplido. Después de todo yo era tan solo una pizza de anchoas y pepperoni.

Autor

Nombre: Lisandro Reholón

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