Silbo a voces

Aquel mercado escondía algún secreto. Desde mis primeras rondas nocturnas, con enigmática intermitencia, presentí algo más que el oreo del aire. Era una suave corriente que me susurraba desde su origen. Merodeando curioso, descubrí que el silbo procedía de un almacén sin ventilación, próximo a la entrada de vehículos. Me sorprendió que la brisa saliera de un lóbrego baúl, castaño y con dos raídas correas de cuero. Aparté unas cajas de cartón vacías apiladas sin sentido sobre él y, al tirar, me percaté que pesaba sobremanera. Lo abrí, pero estaba vacío. El peso que le había atribuido se debía solo a que estaba fijado al suelo.
El silbido tardó unos días en volver a aparecer. Esta vez, al abrir el baúl, observé un tenue hilero de luz saliendo de una de las junturas de su base. Retiré no sin esfuerzo un falso fondo, bajo el que se reveló un sótano en forma de pasadizo. Mientras bajaba por una escalera de mano que encontré cercana, pude ver el origen del aire que me llevó hasta allí: un pequeño respiradero en la pared. Al final del pasillo hallé una puerta herméticamente cerrada. De ella salían gritos de desesperación, los que sin duda habían dado voz al aire, transformándolo en el silbido que llegaba a mis oídos.
La policía descubrió que aquel sótano era una especie de zulo, triste etapa del camino de los polizones que entraban en el país ocultos en los camiones de reparto. Aún hoy me surge la duda de si mi hallazgo contribuyó a que aquellas personas tuvieran un futuro mejor.

Autor

Nombre: Luis Pérez

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