Sin cortinas

Se acostumbró a vivir sin cortinas.

Lejos de ser una decisión meditada, fue una ocurrencia fortuita. Otras partes de la nueva vivienda requerían una mayor urgencia: un sofá naranja y una gran mesa de nogal con sus respectivas sillas para el salón; una cama de matrimonio y un amplio armario con espejos en el dormitorio; pequeñas estanterías destinadas al cuarto de baño y cocina.

Mientras, las ventanas permanecían desnudas, grandes ojos sin maquillaje observando desde un segundo plano como el resto de la casa se iba llenando de color.

Al ponerse el sol, los ojos se cerraban y dejaban el interior en penumbras, volviéndose a abrir con los primeros rayos de la mañana.

Los días de lluvia los aprovechaban para camuflar sus lágrimas, las cuales secaba el viento cuando arreciaba.

Con la llegada de la primavera, se abrían de par en par durante horas, dejando entrar penetrantes olores florales y resinosos que transformaban las estancias.

Por fin se presentó el verano, y con él, un sol abrasador que no daba tregua. Fue entonces cuando se compraron las cortinas, unas cortinas gruesas y oscuras que ocultaron las ventanas, dejando a la casa ciega para siempre.

Autor

Nombre: Sevein

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3 comentarios
  1. Bonito microrrelato.

  2. Gracias 🙂

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