Sucursal del infierno

El día que morí por primera vez, San Pedro, sacudiendo las llaves del Cielo me manifestó que no podía dejarme entrar por el peso de mis pecados.
- ¡Sí puedo! Grité con emoción desgarradora. (No por estar en la antesala del Paraíso iba a dejar de ser “jodida”, mi apodo terrenal).
- ¿Por qué? Inquirió.
- ¡Porque quiero ver a Dios! Manifesté lapidariamente. Fue una respuesta automática, refleja, que nacía de los recovecos del alma, de un alma agotada, que parece haber vivido cien años.
El anciano, sonrió. Dijo que el último pensamiento, el último deseo del ser tenía más poder que cualquier yerro en la existencia. Introdujo la llave para abrirme las puertas divinas. De repente, un hálito impertinente de vida, entró nuevamente en mi cuerpo yerto… Volví a la vida, volví al infierno.

Autor

Nombre: Karola Álvarez Pesántez

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6 comentarios
  1. Que buen relato Karola, felicidades

  2. Excelente. Me ha gustado mucho. Felicidades

  3. Hermoso

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