Sueños fundidos

La dulzura descansa en tus adorables manos, llenas de ternura, de bondad y de cariño. Tu piel suave se transforma en sagrada caricia cuando tomas esa mano mía de niño mayor —casi anciano— y los dos caminamos juntos, despacio…, sin rumbo fijo. Noto un calor sofocante por dentro, a la vez que un amparo y una protección desconocidos hasta el momento; incluso me permito presagiar cierta justicia divina al sentirme —por fin— correspondido.
En tus labios, de nube rosa, descansa la palabra seductora que resbala húmeda junto a la saliva fresca, impregnando de esperanza la apoteosis del impenetrable espacio que ocupa tu boca abierta. Y pronuncias entonces la frase mágica que —presumo— me llevará al éxtasis de la felicidad plena: ¡Te quiero!, ¡Te quiero! ..., repites, sin inmutarte apenas. Mientras, una descarga eléctrica recorre y abrasa mis venas, dejando todo mi cuerpo a oscuras; mi alma y mi vida se agolpan bajo la negra sombra de la duda como preludio inminente a la más completa de las locuras... Cuando vuelve la luz, no siento tu mano ni veo tus labios, ni escucho tus hermosas palabras; parece ser que se trataba de un vulgar sueño, y deduzco, que ahora —cosas de la edad— debo soñar despierto.
Cuando vuelve la luz, la bombilla se encuentra aún caliente y fundida entre mis manos. Eso fue lo que provocó la descarga e hizo saltar «los plomos». Me bajo del taburete a tientas —desorientado—, sabiendo que no me quedan más bombillas en casa, y tampoco demasiados sueños…

Autor

Nombre: Ángel Rebollo Santa Paula

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