Tirano de Bergerac

La criticaba por todo, y cuando hablaba le corregía. Una noche, mientras esperaban a que les sirvieran la cena en un restaurante, ella tuvo conciencia de lo feliz que era junto a un hombre tan apuesto, culto, inteligente y observador. Así pues, fue a darle las gracias, sobre todo por su paciencia. Él la interrumpió, levantando la mano a ras de la mesa en un gesto contenido pero contundente. Ella insistió, anhelando compartir su felicidad. Entonces él, recogiendo las manos en su regazo, la miró fijamente a los ojos y le pidió, por favor, que se comportara. La dicha se fue diluyendo en un rostro cada vez más asombrado. Después bajó la cabeza, avergonzada, y se quedó mirándose las temblorosas manos. Se arrepentía profundamente de haberle incomodado. Sin embargo, al cabo de unos instantes se vio allí sentada con la cabeza gacha y trató de entender qué había hecho mal. Llegó a la valiente conclusión de que había cumplido su deseo de estar callada, de modo que no podía estar peor. De pronto, se sintió poseída por una furia incontenible y le dijo todo lo que pensaba. Él, fiel a su costumbre, midió la intensidad del golpe para devolvérselo con intereses, pero finalmente la duda cruzó su pálido rostro. Estaban saliendo asuntos que ella guardaba desde hacía demasiado tiempo, y aunque sabía lo que le podía costar la valentía, no le importaba porque ya lo estaba pagando. Había abierto los ojos. ¿De qué servía vivir con un hombre que la iba a amonestar tanto por lo malo como por lo bueno?

Autor

Nombre: JULIAN ALKORTA IDIAQUEZ

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1 comentario
  1. Breve pero conciso. Un buen relato, ajustado a la más cruda realidad.

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