Todos los días se matan en New York…

Un camión estaba parado con dos ruedas encima de la acera. Un camión blanco de tipo isotermo, cubierto de mugre. Uno de los batientes estaba abierto. Se paró a mirar hacia la oscuridad. Un amontonamiento de algo púrpura y marfil ocupaba todo el fondo del camión. Se acercó con cuidado. Sus pupilas hurgaron en el montón. Después de dos o tres segundos, descubrió, aterrado, que eran huesos a centenares de los que colgaban restos de carne y de nervio, como unos harapos carmín en las rocas tras el naufragio. Ahora distinguía bolas de articulación, rótulas blanquecinas, tibias, costillas, omóplatos, un auténtico holocausto en mikado en medio de la ciudad. Se acordó de Ruanda. Cerró los ojos para digerir la idea: aquella visión acababa de proporcionarle imágenes para representar aquellas matanzas. Tragó saliva con un ruido de cloaca. ¿Y los demás… la gente? La gente pasaba alrededor de él sin aparentemente darse cuenta de la exposición de horror desplegada ante ellos. Es que la gente tiene un don para no ver nada, un don para seleccionar las imágenes, sobre todo lo cantoso y chillón de los escaparates, las zonas de sombra no interesaban a nadie, salvo quizás a los vagamundos como él. ¡Ay de vosotros, occidentales accidentados!

Autor

Nombre: Sylvain Sortelle

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