TRÁNSITO

Sus recuerdos comenzaron a resquebrajarse unos meses antes del nacimiento de nuestro hijo. Después el vendaval se hizo incontenible y reventó por completo lo que quedaba de su memoria. En las visitas posteriores a la residencia fue cuando surgió esa corriente de extraña empatía. Mi madre levantaba los brazos hacia el niño, una sonrisa luminosa se dibujaba en su boca hundida y el pequeño correspondía con la suya, llena y vital. Es verdad que, en su mente nublada, mi madre lo confundía conmigo, cosa que no le desmentíamos pese a que en mi interior me preguntaba qué clase de teatro de sombras representábamos mi mujer y yo en esas ocasiones en que una luz cenital parecía iluminar exclusivamente al bebé y a la anciana. De todos modos, asumíamos nuestro papel con discreción y nos limitábamos a disfrutar de la felicidad de aquellos dos seres en sus mundos opuestos y cercanos.
Después llegó el monstruo que no quiero nombrar y envenenó rápidamente la sangre de nuestro bebé. Le despedimos con sus cosas favoritas, su osito, su mantita, aquellas con las que sus manitas se empezaron a abrir al mundo. Y la vida, con su crueldad inocente, acabó por desmantelar el frágil andamio que sostenía nuestra relación de pareja. Nos distanciamos, nos hicimos extraños, nos perdimos…
Hace unos días murió mi madre. Decidí no arrancarle la mantita de sus manos yertas: temí perder la serena sonrisa que adornaba su rostro demacrado. Sé que su luz iluminará las tinieblas que me quedan por recorrer.

Autor

Nombre: Emilio González

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