Tras la tormenta

La noche se presentó por sorpresa antes de lo previsto. El cielo se estremeció y el océano le respondió en su inmensa generosidad alzándose embravecido. En su lenguaje más salvaje, ambos se fundieron en un todo para transformar la silenciosa oscuridad en una orgía de luces, música y danza. Y entre aquella caótica sinfonía, el mar, en su infinita benevolencia comenzó a escupir los restos de un naufragio. Entre los despojos de la batalla y una marea de cuerpos mutilados, un hombre con el torso desnudo se aferraba a un pedacito de todo cuanto poseía, sin más esperanza que la de ser engullido por quien minutos previos lo había plantado cara a cara con la muerte.
Solo, en mitad de la nada y muerto de frío, esperó paciente su destino. Mecido por el mar, poco a poco la noche regresó a su calma y el amanecer se presentó casi sin avisar, sin más testigos que los vestigios de la incansable tormenta. Sumido en un profundo sueño, fruto de la lucha por salvar su vida, percibió los primeros rayos de sol en su piel y el embriagador calor lo incitó a despertar de su letargo. El mismo océano que lo había derrotado, devorado y herido, se vestía esplendoroso y humilde para otorgarle un día más. Ni la exasperante soledad le aterraba entonces, ni sentía el más mínimo dolor por las profundas heridas de la piel y el corazón.

Autor

Nombre: Inmaculada Bonilla Medina

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