Tristeza de amor

James Bond detestaba a su amo desde que le puso ese nombre sólo para contestar Bond, James Bond, cada vez que alguien le preguntaba como se llamaba su perro. Pero gracias a él conoció a Candy. Era la perrita más guapa de todo el pipican, con ojos brillantes como canicas, y los andares más coquetos que pudiera imaginarse. Todos andaban locos tras ella, sobre todo en la época de celo, cuando estaba más accesible; era algo ligera de cascos, y se dejaba rondar por Kunta Kinte o Genghis Khan, que eran efusivos y la perseguían, enardecidos por el meneo insinuante de sus bucles recogidos en kikis con lacitos. Sin embargo, James Bond sabía que él era su amor especial. Solía ladrarle con más afecto que a los demás, y si estaba en disposición, le daba tiernos lametones que sabían a ambrosía. Pero un día Candy desapareció, y cuando semanas más tarde volvió, había cambiado; estaba desconocida, ya no quería intimar con nadie, y a James Bond ni le miraba. Los amos habían decidido dejarla casta y pura. Candy llegaba ahora con andares lentos; aquel garbo canino que les enamoraba había desaparecido y parecía más bien una viejita convaleciente.
James Bond no pudo superarlo. Se tiró desde el balcón, cuatro pisos, y quedó hecho miguitas. Al delegado de Sanidad le llegó el caso de suicidio canino y lo recibió con estupor. “Con este ya van tres”, pensó, desconcertado. En un mes. Qué extraño. El veterinario del barrio hubiera podido aclararlo: hacía un mes que Candy había vuelto al pipican.

Autor

Nombre: Mar Vilches

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