Un día, en septiembre

No sé cuán distraída andaba, que ni me di cuenta de que alguien me había debido de quitar el suelo sobre el que pisaba. Solo lo supe porque, de pronto, todos los trastos de mi casa caían lentamente conmigo en una especie vacío oscuro y sin final. El café, que acababa de subir, se vertió de un modo muy acertado dentro de la taza que había dejado al lado. Por suerte, había echado un buen montón de azúcar. Y digo «por suerte» porque al menos pude emprender este episodio con un regusto dulce, pues lo que vino después fue un tanto amargo. Al principio me pareció curioso, hasta divertido, ver las plantas dispuestas a modo de bodegón sobre la cama junto a las cebollas, los pimientos y los limones. A la tomatera que había conseguido hacer crecer en un gran tiesto, le colgaban las bolsas del té. La almohada vestía mi ropa y del perchero pendían los zapatos. Pero todo se empezó a complicar cuando la velocidad de aquel vórtice aumentó y, entonces, el perchero empezó a lanzarme los zapatos, el té se me metía en los ojos y la tierra de las plantas me llenaba los bolsillos. Fue un momento dramático, no lo voy a negar; y ridículo. Pero aún faltaba lo peor: el sofá me engulló y empecé a girar y girar entre sus cojines. Aquello no parecía tener fin. Hasta que me escupió. Mi maltrecho cuerpo y mis cosas hallaron una superficie sobre la que posarse, aunque aquello era un absoluto caos. Entonces me hice otro café, le eché bien de azúcar y entendí que era un buen momento para volver a comenzar.

Autor

Nombre: Eli Torres

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