Vacío

Camina por los pasillos del tren, como si algo hubiera perdido; se monta en el vagón e intenta buscar un asiento hasta su destino.

En sus ojos, se reconoce un poco de cansancio, deja entrever un sollozo sin secar, mínimo pero revelador.

Se sienta cerca de la ventana y su mirada se mantiene con una leve dirección hacia atrás. ¿Quién lo diría? Siempre, nos han enseñado a mirar hacia adelante.

Suena su teléfono, se observa como coge fuerzas para atender esa llamada.

Después de una decena de saludos y expresiones de cariño; él pregunta por cada uno de los que aparecen en la minúscula pantalla de su móvil, incluso, por los que no están en ese momento.

Ellos le enseñan sus logros académicos, la reforma de casa y hasta le presentan a un nuevo miembro de la familia.

Él sólo sonríe y responde con frases cortas: “Te prometo que lo enviaré”; no se atreve a decir más, sabe que su voz podría quebrarse.

En medio de la algarabía de quienes quieren saludar, se escucha una voz temblorosa, pero con muchos años: “¿Cómo estás tú?”.

Aunque le cueste decirlo, aprieta su mano, como si tomara fuerza: “Todo bien, mamá; estoy bien. Pronto, estaremos juntos”.

No es del todo falso, pero hay una parte que se mantiene incompleta; su deseo más simple, pero inalcanzable: Llegar a casa y verlos.

Termina la llamada y se limpia sus ojos, se contiene para no ahogarse en el llanto por medio de un suspiro. Es la fortaleza del emigrante, continuar su camino con el peso de la soledad, su vacío.

Autor

Nombre: Liseth De Vega

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