Vencejos

Vuelven aquellos pájaros de mi infancia a llenar la eterna primavera de los vencejos, con su alocado revoloteo y sus chillidos agudos y breves, como preludio de la pirueta imposible en un espacio repleto de arrogancia y vuelos rasantes, sin reglas establecidas ni complejos, llegando a tocarme el alma desde la temeraria acrobacia donde juegan con los reflejos del sol, a la vez que se envuelven en la suave ternura que ofrece su tacto de pluma. Y en la cumbre de la elegancia aérea ni siquiera pueden posarse un momento en el suelo, no pueden bajarse de su celestial paseo, pues luego sería imposible retomar el vuelo. Así es que, aguantan en el aire, incluso duermen en el espacio celeste. Y a la mañana siguiente vuelven a volar como única razón del día, hasta la puesta de sol en que hallar la deseada cima nocturna.
Eso mismo trato de hacer yo, cuando, harto de perseguir tu sombra, me subo al racheado viento de la imaginación, cual alocado vencejo que, revoloteando en su ruidoso cortejo, flirtea y juega con los últimos rayos del sol; y desprecio la tregua nocturna, tratando de volar a tu lado, y consigo posarme en la misma palma de tu mano; pero después de acariciar mis alas, en un acto que te honra, me lanzas otra vez al aire, con la única idea de que tome la altura necesaria para no caer de nuevo. Me mandas a… tomar viento fresco—: Yo revoleteo sobre ti y te grito al oído: «sriií, sriií»; aunque no sirve de nada, nunca consentirás que me pose en el cálido nido que abriga tu alma.

Autor

Nombre: Ángel Rebollo Santa Paula

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