Yo, Yoyo, y ya.

Mi nombre es Nino Nino. Sí, puede parecerles un poco extraño, pero sucede que mi padre era un gran admirador del cantante mexicano José José, aunque más le gustaba el valenciano Nino Bravo. De allí el resultado.

No sé si ese hecho haya sido la razón de mi condición de tartamudo durante mi niñez, pero lo cierto del caso es que en la escuela me llamaban Yoyo, ya que cuando preguntaban cuál era mi nombre yo nunca terminaba de decirlo, siempre me quedaba en “Yo, yo…”, aunque lo que intentaba decir era: “Yo me llamo Nino Nino”.

Los niños en la escuela suelen ser muy crueles, pero la verdad es que yo me habitué rápidamente a ser llamado así - Yoyo – porque después de un tiempo todo el mundo lo asumió como mi nombre verdadero o, por lo menos, un apodo de familia, de esos que comúnmente se utilizan en casa para acortar de modo cariñoso el nombre largo de un miembro del grupo familiar y, en todo caso, no era el único en clases con esa condición, ya que algunos los traían de casa o se los inventaban en el cole. Total, en la intimidad del hogar nadie me llamaba Nino Nino, y tanto mis padres como mis hermanos utilizaban sus propios apócopes de ocasión, y cuando mis compañeros de escuela comenzaron a llamarme de manera consistente Yoyo, aquello me dio cierta identidad y sentido de pertenencia. Por supuesto que tenía varios compañeros llamados Paco, Mari, Pepe, Javi, Moncho y muchos más, pero “Yoyo” solo había uno, era yo, y ya.

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Nombre: Lisandro Reholón

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