Cicatrices (Elena Garralón)

—¡Mira, abuelita! —exclamé, enseñándole orgullosa la cicatriz que me había dejado la apendicectomía—. ¡Es súper chula, estoy deseando enseñársela a mis amigos!
Contenta, me cubrí con el pijama y pregunté:
—¿Tú no tienes ninguna cicatriz, abuelita?
—Sí —contestó, acercando su rostro al mío—, ¿no las ves?
Escudriñé su cara, buscando con avidez y, finalmente, negué con la cabeza.
—Todo esto que ves —dijo, acariciando con la yema de sus dedos las arrugas que los años habían dejado en su piel— son las cicatrices que me ha dejado la vida. Me recuerdan cuánto he reído, llorado, amado y sufrido. Me hacen ser consciente del gran regalo que he recibido y de que soy afortunada por haberlo disfrutado. Y espero que cuando pase el tiempo tú también te sientas orgullosa de tus cicatrices y tengas tanta ilusión por mostrarlas como tienes ahora por enseñar esta.
Hoy, un cuarto de siglo después, me miro en el espejo y observo los primeros surcos de mi rostro. Me acuerdo de mi abuela y de sus bellas cicatrices, y pienso en las veces que he reído, llorado, amado y sufrido. Y me siento más viva que nunca. Le hago una mueca al espejo sin que me importe añadir una nueva arruga a mi piel y me echo a reír.

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