El ciclista (Sergio Astorga)

De equilibrio más que de caída, están hechos sus días.  Con sus redondas pisadas,  su metálica armadura avanza milímetro a milímetro los caminos que fueron dejados por sus pies. Se funde como una estatua móvil, como esas prodigiosas geometrías que desafían a las miradas  fijas.
Como centauro rapta adolecentes en los parques, ellas, fascinadas, experimentan la fuerza motriz del movimiento, el músculo del viaje y no quieren volver a sentarse dentro de sus casas.
Devorador de distancia, las calles no tienen nombres  de tantas veces recorridas. Al pedaleo, el pulso del tiempo da la vuelta y no se escucha el chasquido del sudor al caer en pavimento.
Él sabe que es una maquina andante, de antebrazos de hierro y muslos encadenados a su fibra.
Algunos niños, ignorantes de la distancia, ven sus ilusiones de fuga en ese caballo biciclo ya sin cola.
Si lo ves pasar te darás cuenta, que su rostro fue trabajado por el aire, que tiene la fuerza castaña de los troncos y la memoria perdida de tu esquina.

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