Cine mudo (Javier Haya Máñez)

El silencio se había convertido en nuestra conversación más recurrente. El mínimo ruido nos recordaba lo solos que estábamos. El crujir de las hojas, las sacudidas de tu tripa, el revoloteo del resto de niños de la inclusa, que felices, sigilosos, jugaban a darse sustos por la espalda. O incluso las inocentes carcajadas ante las payasadas de Buster Keaton. Todo había vuelto a ser como antes. Las dudas, la vergüenza de acercarse el uno al otro. El otoño había regresado y éramos de nuevo dos desconocidos. Como si nuestras manos no  se hubiesen dicho todo, como si superado el miedo preliminar a ser descubiertos, nuestras bocas no se buscasen en cualquier parte. Tras las higueras del patio, en los pasillos de las habitaciones o en la capilla, donde nos protegíamos del pegajoso calor de agosto. Y donde nos sorprendió la virgen aquella tórrida tarde para obrar el milagro de la audición, para regañarnos con palabras que nunca habíamos escuchado, pero que comprendimos perfectamente. Comprendimos, entre otras cosas, que los besos, a pesar de ser refrescantes, producen ese extraño sonido a condena.

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