Cine paraíso (Carlos Gómez)

Un día ella regresó.
La reconocí al instante porque yo llevaba su imagen impresa en mis retinas y su ausencia desgarrando mi alma desde que una película la arrebató de mi lado.
Su mirada atravesó el ojo de buey polvoriento y un espectáculo desolador de butacas astilladas y paredes desconchadas humedeció sus ojos. Buscó con avidez la pantalla iluminada donde un día despertaron sus sueños y la halló colgando a media asta, como testimonio de luto de quien tuvo el ignominioso deber de cerrar el cine Paraíso para siempre.
Lívido el rostro, encogida el alma, se internó en la penumbra de la sala y dejó que los recuerdos la guiaran hacia la fila donde juntos descubrimos el amor.
Al sentarme a su lado la encontré con los ojos cerrados mirando hacia su memoria, hacia las películas que un día se proyectaron en el cine Paraíso.
Y se vio a ella misma recibiendo con alegría a unos americanos que nunca llegaron, y poniendo a Dios por testigo de que nunca volvería a pasar hambre, y dudando si subir al avión que la alejaría de Casablanca.
En ese instante una postrera sonrisa iluminó su rostro etéreo, casi transparente, y sus labios morados me llamaron.
Un beso de hielo nos unió para siempre.

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