Esos colegas (José Luis Rico Vidal)

Viernes. En cuanto sonaba la sirena, salían de sus respectivas aulas, se reunían en el vestíbulo y abandonaban el recinto. De camino: un chiste, cigarrillos, el parloteo habitual… Todo con tal de retrasar la llegada al bar e iniciar el almuerzo. Porque sabían que empezarlo era empezar a acabarlo, y esa punzada del fin no querían sentirla tan pronto. Deseaban alargar los preliminares, el territorio en el que el tiempo no existe puesto que nada ha sucedido todavía.
Al entrar, saludos, la mesa preparada, la colocación de costumbre, historias que bullen en las cabezas. Se internaban por la senda de las novedades llena de recovecos; bajaban a valles poblados de recuerdos; ascendían por montañas salpicadas de vagos proyectos; se asomaban a precipicios desasosegantes. Un recorrido de sinuosas rutas sin fin. Brindaban. A veces, por un instante, esa mañana de viernes se convertía en noche íntima. Luego, un último vistazo al lugar, miradas cálidas… Y entonces, esa desazón infantil: deambulando por los puestos de la feria ya cerrados y a medio desmontar se añoran los días perdidos en que la felicidad se había subido a las atracciones y había paseado entre el bullicio de la gente.

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