Comala (Gabriel Rodriguez-Páez)

– Verá usted -le dije sacando el frasco del maletín- anoche fue a mi casa una muchacha rubia, de tez blanca y ojos expresivos declarando estar enferma.  Me describió minuciosamente sus síntomas, por lo cual deduje que se trataba de alguna clase de septicemia.  Como no tenía a mano el medicamento, le respondí que vendría a Comala a primera hora para conseguirlo con el farmaceuta y se lo traería a su casa.  Por eso estoy aquí.
La mujer enjugó sus lágrimas en el delantal grasiento que vestía.
– Pobre Adela.  Lleva cinco años de muerta y todavía sigue penando.  Sigue buscando un remedio que nunca le llegó y por el que pudo haberse salvado.  Pobre mi hija.
Y cerró la puerta desconsolada.
A diferencia de todos mis colegas anteriores -los cuales abandonaron el pueblo espantados- el acontecimiento no me asustó.  Hice un gesto de displicencia frente a la puerta, de nuevo guardé el frasco en el maletín y me dirigí desenfadado a mi consultorio porque llevo años lidiando con difuntos, hasta concluir con desconcierto que es normal que en este pueblo pasen estas cosas.

Categorías



Cada lunes publicaremos la lista de los relatos más votados en la web y en redes sociales.

El número de votos conseguido solo será visible al final del Certamen.

Deja un comentario