Combustión progresiva (María Jesús Olivas)

Empezó por su estómago. Comenzó a prender una mañana de marzo. A mediodía había comenzado a subirle por el pecho. Se extendía de modo tenue, apenas perceptible, como oleadas suaves, tranquilas, pero que lo arrasaban todo a su paso. En abril, la empresa cerró, y ascendió hasta la garganta. En julio le embargaron, y descendió hasta los pies, que comenzaron a arder. En noviembre, tras inútiles esfuerzos, le desahuciaron, y le ramificó por los brazos, hasta quemarle las huellas dactilares. Con cada latido, el ácido que recorría sus venas llegaba más y más lejos, hasta que salió de él, desintegrando sin piedad los restos de su vida, consumiéndolo todo. Cuando volvió en sí no pudo decidir si era demasiado tarde, o demasiado pronto. El suelo estaba a dos metros.

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