El concurso de disfraces (Nélida del Estal Sastre)

Era alto, guapo, rico y con un trabajo de ensueño. Hacía la pelota a su jefe, a su secretaria, a su criada y a la dependienta de los grandes almacenes. Compraba libros caros, vistosos, buenos o de los que estaban de moda, da igual, nunca los leía.

Se aprendía de memoria las críticas cinematográficas del periódico para soltarlas delante de sus compañeros de trabajo y mostrarles que estaba a la última. Igual pasaba con la música, presumía de entendido en la clásica y en su casa no se hallaba a ninguno de los “grandes”. Era un hipócrita, un grandísimo gilipollas, pero la gente no le conocía otro cariz.

Su empresa organizó una fiesta de disfraces por carnaval, nuestro amigo se olvidó. Llegó a la oficina y al abrir la puerta, todo quedó en silencio, nadie conocía a nadie, excepto a él. Todos iban vestidos de “otro”. Ese día volvió a casa, como siempre, bueno, casi. En su mano derecha llevaba el trofeo al mejor disfraz de la fiesta.

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