El conjuro (I. L. Escudero)

Nil descifró la clave un sábado por la mañana. Llovía a cántaros y habían anulado el partido de solteros contra casados.
–He hecho una lista con todas las canciones de Elvis –me explicó–. Con los títulos he formado un solo texto sin espacios y le he aplicado una decodificación Vernam basada en el alfabeto inglés de Byrtferth de Ramsey.
No entendí nada, pero tampoco pregunté.
–Lo que tengo aquí –continuó mientras me mostraba un DIN-A4 mecanografiado por las dos caras– es un conjuro para destruir el mundo.
–Vale –dije yo.
El conjuro estaba siempre a la vista. Enrollado y metido en una botella de Xibeca vacía, reposaba en una estantería de la cocina como un elemento de decoración vintage.
Y entonces, una mañana, nos entraron en el piso. Robaron la tele, mi portátil, la consola y, sorprendentemente, el conjuro. Lo sacaron sin romper la botella, seguramente utilizando unas pinzas.
A día de hoy Nil aún no sabe lo que pasó. Llegó más tarde a casa, y para entonces yo ya había reemplazado el DIN-A4 original por una hoja que arranqué de una revista. Desde lejos no se ve la diferencia, y así Nil duerme tranquilo por las noches.
Si alguien lee el conjuro, tampoco es que nos vayamos a enterar.

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