Crecer (Daniel Ramos)

Dormir con un peluche a los 43. Abrir los ojos y enfadarte con mamá: no te ha despertado para ver los dibujos de la tele. Un lapso de felicidad perdido para siempre por su negligencia merece un torrente de lágrimas y gritos.
A la hora del desayuno nadie hace caso de tus ocurrencias, con lo bien que imitas el sonido de las ventosidades. Además se han comido todas las galletas de chocolate, sin duda alguna para matarte de hambre. Tienes que concentrarte en tu inquilino interior para no enfadarte: “mata a tu muñeco, desuella a tu muñeco y tira la lana de su panza por la ventana”, te ordena con ese tono de voz tan peculiar que te hace entrar en trance. Y lo obedeces: desnudo, desde la ventana, lanzas la lana del vientre del muñeco. Mientras tanto, los adolescentes del parque comen pipas y te miran. Observan tu vientre palúdico, tu pito arrugado, tus huevos peludos, y se ríen. Y tu también te ríes, orgulloso, porque si ellos te aceptan es que ya eres un niño mayor.

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