Un cruzamiento (Rodrigo Benito García-Retamero)

Nicolás era su nombre. El perro-lobo, el solitario campesino. Al perro solo le faltaba hablar; su mirada dulce y bondadosa contrastaba con la aparente agresividad de su gran tamaño, sus ladridos y sus enormes pezuñas. A Nicolás, el hombre, hablar también era lo único que le faltaba. Cabizbajo rondaba por la casa. En silencio se sentaba a la mesa a comer con los demás, aunque no comiera lo que todos. Como a un perro le reservaban las sobras. Sus escasas y balbuceantes palabras quedaban reservadas para la borrachera en la taberna. Recuerdo la inagotable energía de aquel animal, trayéndome el palo una y otra vez; tan inagotable como la de Nicolás cuando trabajaba la tierra. Un día sin saber por qué, Nico desapareció mientras caminaba por la montaña. Sus lobunos ladridos se dejaban oír por las noches, sus huellas merodeaban por los caminos embarrados, pero sus enormes y temerosas pezuñas temían el regreso. Una noche calló para siempre. Nicolás, el tío, fue mucho más silencioso al marcharse. Encerrado en su habitación partió sin que nadie se percatara. Alguien lo lloró en su entierro. Aún me pregunto por qué se fueron de esa forma… Nicolás el hombre-lobo, Nicolás el perro-hombre.

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