Cuento cromático (María López Zambrano)

Arrancó la moto. Suspiró doscientas veces y le dio al gas. Buscó el entorno rural. Se desabrochó el casco y lo lanzó al aire. Cayó a su paso. Siguió dándole al gas, y a medida que aceleraba, comenzó a gritar. Gritó y gritó. Y siguió gritando, con los ojos cerrados, porque así se grita mejor. Comenzó a notar el olor del mar cada vez más cerca. La moto comenzó a tiritar, jugando a los equilibrios sobre las piedras gruesas entre el camino y los acantilados. Siguió sin abrir los ojos. Sintió el olor inminente de la sal y por instinto los abrió. Al final de aquella senda de piedra, Magenta y la moto aprendieron a volar. Volaron por el aire. Y en el aire, Magenta sintió los influjos de la vida que no vuelve, y se le cerraron los ojos del pavor. En los segundos que duró la caída, Magenta se perdió en su cabeza y abandonó la consciencia. Su cuerpo cayó a peso, y atravesó las cálidas aguas, capa a capa. Volvió a la superficie y quedó boca abajo, porque así es como solía dormir. Y entonces su piel se llenó de azules, mientras el Sol se ponía en un rugido amarillo, naranja, rojo y cardenal. La vida se desvanecía en aquella alegoría cromática. Y al final, después de todo: el negro.

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