Damas de negro (José Ignacio Gutiérrez)

Las sábanas se pegaban juguetonas y el sueño se hacía de rogar. Afuera la neblina cubría toda la visión y las bajas temperaturas calaban en los huesos. Rondaba la medianoche cuando un ruido, como un zumbido de abejas alrededor de la colmena, devolvía al viejo sacerdote a la completa vigilia. Creyó escuchar un golpe en su puerta, intentó prestar atención y se incorporó en la cama. Otra vez el mismo sonido, ahora eran varios los nudillos repiqueteando. Bajó presto para dar servicio a la solicitud. Al abrir se encontró con muchas mujeres vestidas de negro ocupando los aledaños de su morada. En aquel pueblo vivía poca gente, en las últimas semanas habían fallecido los pocos hombres que quedaban. ¿Qué sucede? – preguntó el padre. – Debe venir con nosotras, hemos de enterrar al finado, todo está listo, solo resta meterlo en el ataúd –contesto la más adelantada de las mujeres.
El padre frunció el ceño, ¿finado? ¿Quién podría ser? La semana pasada habían enterrado a los dos últimos hombres, ¡estaba en un pueblo de viudas! Abrió los ojos, noto frío en las entrañas, y de pronto entendió la situación. Demasiado tarde, huesudas manos emergiendo de la oscuridad ya lo sujetaban con fuerza.

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