Del sur (Andrés Félipe López Echeverri)

La bodega era amplia y sudorosa. A lo largo de las paredes se erguían pasillos diminutos para gente diminuta. Algunos fumaban, aplastaban las colillas contra los maderos, otros dormitaban estrechamente hasta rozar el idilio sin retorno.  Había gemelos que se abrazaban entre dos, tres y hasta cuatro, cada uno con una prenda diferente y un botiquín distinto de palabras. Había viejos que podían vislumbrar muchos años por delante y jóvenes en las cumbres de su olvido. También forasteros, también algunos con los ojos de este, el pelo de aquel y la ropa de otro. Olía a madera perfumada, a hombres de diez y nueve centímetros de alto.
Yo levanté un anciano con una pestaña dormida, bien vestido, embastonado. Yo levanté un señor respetado por el mundo y sus demiurgos. De ahí, de la marquilla trasera de la camisa, haciendo que se ahorcara un poco con la corbata y le pregunté si quería hablar conmigo. Me cobró veinte mil pesos por diez y seis conversaciones.
Y Lo traje hasta mi casa, a la mesa de la cocina, donde abrió los ojos, la boca y hasta las páginas.

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