El desamor de luciérnaga (Mª Teresa Lluch Armell)

La noche se ceñía cautiva, los esperpentos nocturnos adquirían formas maquiavélicas, alrededor de la embrujada luz de la Luna que iluminaba los musgosos adoquines bajo los pies de Casandra. Anduvo por aquella siniestra calle, como posesa, asustada,  un aliento frío, turbador  acarició su nuca y miró tras de sí, el movimiento de una sombra se escondía entre la penumbra de las farolas.
Casandra se quedó quieta, paralizada, sabía que su enamorado venía a por ella, temblorosa, oprimió  fuertemente con sus manos, su pecho, en un intento de sujetar sus palpitante corazón. Pero su amante Lucifer se lo extrajo, succionándoselo con su amor, su resistencia había llegado muy tarde, y el Diablo no admite errores. Desde entonces, Casandra se convirtió en una sombra errante de muerte y dolor,  llamada Luciérnaga porque de noche se iluminaba y vagabundeaba por los cementerios, buscando entre los muertos un nuevo corazón, que completara el agujero que la ausencia de amor le había dejado y de día se obscurecía ocultando su error.

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