El desenterrador (Antonio Ángel Morales Martínez)

Otra noche voy allá para una labor ingrata, pero que agradezco haberla descubierto.
Porque antes no tenía nada, sólo deambulaba hambriento, perennemente soñando con un sinfín de comestibles.
Una tarde fui al cementerio y presencié un sepelio, quedándome a solas tras su conclusión. Contemplé, absorto, la pala clavada en la tierra… y cavé.
Abrí la tumba y ahí estaba ella, preciosa a pesar de su defunción. Entonces osé morderla, tragando su piel y su carne.
Quedé vivificado, no obstante confundido y asustado. La admiré una última vez, rellené la fosa y huí hasta mi próximo regreso.
Porque volvería. Porque lo había probado y me había gustado, porque no tenía nada más… y nada menos.
Así, retorno siempre incansable al cementerio.
Y es que no puedo renunciar a ello… o no quiero. Será el riesgo… o el sabor de la sangre gélida y la carne corrupta, el fétido aroma de la podredumbre…, el regodeo de sentirme sin par.

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