Destino fatal (M.J. Triguero)

Con el aliento contenido logramos alcanzar el vagón justo cuando escuchamos el último silbido del tren.
-¡Compremos bocadillos! -dijo ella.
-Es tarde. Comeremos en el tren, -dije yo.
-¡Estás loco! ¿Quieres que nos localicen después de arriesgarnos tanto?
-Vale. Espérame aquí, -dije  apeándome y echando a correr como un loco hacia la cantina. Pronto seríamos libres e inmensamente ricos, pensé para infundirme los arrestos necesarios.
-¡Dos bocadillos, rápido! Quédese el cambio.
Regresé corriendo hacia el tren pero  ya había arrancado. Por milímetros no logré asirme al tirador y me caí al suelo. Levanté la vista. Nunca olvidaré su pérfida mirada desde el último peldaño de la escalerilla,  su perversa sonrisa y el bolso de viaje bien agarrado con las dos manos. Los perros  me atraparon enseguida y detrás los agentes de policía. Esa sinvergüenza me engañó bien, pero la encontraré y me las pagará. Lo juro como me llamo Inocencio Pardillo.

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