Diario de una gorda (Débora Gómez Musalam)

Me miraba. La miraba. Me miraba. La miraba…Llevó la mano a su pelo y lo tocó como si se quebrara con facilidad. No podía mantener sus ojos en los míos más de un segundo, parecía fuerte y capaz de todo pero le era imposible, aunque sé que luchaba por conseguirlo. La espera fue interminable. Al fin, hundió en mí sus pupilas con la precisión con la que un arquero clava sus flechas. Lloré… ella también lloró. Demasiado para un solo día. Ya no pude continuar de pie frente al espejo.

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