Hay días (Jorge S. Arroyo)

Hay días en los que es deseable quedarse de pie, mirando la noche inmóvil, sin echar cuentas del mañana. Sombras que se revuelven como alimañas hambrientas para el hombre que espera en la estación de los trenes de vía muerta.
Ya detiene su mirada en las hierbas fuertes que crecen en la vía, dejando que el frío fije su expresión, congele la impaciencia del destino en sus confines, tras la llegada del último tren de mercancías. Porque no sabe de noches de aguardo,
su tiempo pesa, sentado junto a la vía, tan espeso el cielo, sus luces caen con tanta fuerza que te sumergen en la melodía de los violines malditos. Urge a toda su belleza fragmentada del interior a escapar de su guarida de cobarde, que no sabe de esperas, ni esperanzas ni de la inteligencia del maquinista que permanece dormido junto a su compañera en el vagón de cola de una estrella fugaz que pasa
tan rápida, como el anhelo de largos segundos en el cielo.

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