El dinosaurio CCLVII (Salomón)

El dinosaurio estaba ya hasta las narices.
HIPÓLITO G. NAVARRO, «El dinosaurio»

Cuando despertó, el cuentista supo que tenía que escribir su particular e ingeniosa, a ser posible, versión de El dinosaurio. Son innumerables las variaciones, continuaciones y reescrituras que han suscitado esas fugaces y ya eternas siete palabras, por lo que la originalidad a la hora de realizar la suya propia había de ser condición básica, ineludible, y también un reto. Acometió la tarea con entusiasmo; interminables jornadas atormentado por el bloqueo más absoluto le hicieron desesperar y casi cesar en su empeño. Devoró la extensísima bibliografía acerca del cuento de Monterroso, todas las variantes que del mismo pudo encontrar en busca de inspiración, pero de nada sirvió. Deseó con todas sus fuerzas soñar, como Coleridge soñó con su poema sobre un lejano kan mongol, con la versión perfecta, con su versión perfecta de El dinosaurio, en vano. Finalmente no pudo sino aceptar su fracaso y desistir. Sin embargo, cuando volvió a despertar una mañana cualquiera, había comprendido: plasmó en el papel su experiencia y advirtió asombrado que el cuento, su anhelada versión, su dinosaurio, estaba allí.

Categorías



Cada lunes publicaremos la lista de los relatos más votados en la web y en redes sociales.

El número de votos conseguido solo será visible al final del Certamen.

Deja un comentario