Diseño planetario (Mary Nikzar)

Era perfecto, casi redondo y cabíamos todos. La vecina a la que odio por sus geranios de plástico, también su hija, condenada a pasar hambre y ser también de plástico. Vi entrar al tipo sin cara con su impecable corbata de verano. Se hizo paso el verano, el de ayer, tan coherente y proporcionado en su caduco anacronismo del hoy. A mi lado, todos los niños del instituto al que todos fuimos, alineados como los dientes que enmarcan la sonrisa de los niños.
Mientras iban entrando escuchaba los sonidos en los ojos, un alarde del milagro cromático; magenta, púrpura, turquesa, cadetes sin ejércitos de azul, marfil convertido en diamante. El espectro generoso del lugar perfecto, casi redondo. Cabíamos todos.
Alguien empezó a rajar con un cúter nuestro orgánico recinto. Las astillas se escondían en sus bolsillos, la porcelana en sus uñas y el gris pizarra en las nubes que le empezaron a crecer por los pies.
Lo último que vi fue el color imposible de un niño que asomaba en los contagiosos agujeros; feo, sin cara de niño, sin dientes de sonrisa, un niño de vejez. Creo que nos faltó un buen diseñador porque, finalmente, en ese planeta no cabíamos todos.

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