Doble Frío (Mariano Cognigni)

En su catacumba de roca, el reo Trevoro tiritaba ovillado sobre sus sucios harapos. Un portón de maderos lo separaba de la libertad. Por una ventanuela entraba una mortecina luz, también por allí, de cuando en cuando, entraba un plato de comida.
El invierno había llegado sin prólogo. Las goteras de su cárcel de piedra amanecieron tan congeladas como su huesudo cuerpo.
La noche clara trajo consigo al oscuro vigilante, por el corredor retumbaron sus botas firmes, altivas. También retumbaron sus gritos insultantes, amenaza-dores.
¿Qué tendrá de divertido ensañarse con un prisionero débil y desarmado? Trevoro supo que esta vez no sobreviviría a sus golpes, a sus patadas, a sus torturas. El frío le había llevado las pocas fuerzas que se habían salvado del hambre y las enfermedades.
Escuchó chirrear el cerrojo. Como un rayo caído del cielo sintió la lucidez del condenado. Moribundo como estaba, empuñó la estalactita.
El carcelero no llegó a trasponer el umbral de la puerta, lo detuvo el frío, un doble frío: el frío de la estaca de hielo entrando en su carne, y el frío de la muerte.

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