Donde las dan… (Marina Marín Gimeno)

No pudo reprimir un chillido al entrar en su estudio. La escultura, a la que tantas horas había dedicado, estaba abierta por la mitad.

«¿Quién habrá podido cometer un acto tan atroz?», se preguntó Donato mientras se acercaba a las ruinas de la que hubiese sido su mejor obra. Estaba desolado.

Escuchó unos pasos tras él y esgrimió el cincel al tiempo que se giraba. Un hombre de aspecto cansado y sucio, cubierto de escayola y sangre, con unas alas cosidas a la espalda, se erguía ante él. Noqueó al escultor sin pensárselo dos veces.

Donato despertó al tiempo que el yeso líquido caía sobre su cabeza y llenaba sus orificios.

– Solamente quería que fuera realista… – alcanzó a decir antes de que el frío copase sus pulmones.

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