Dos damas y un caballerete (Cheshire)

– ¡Otra vez mamá! ¡Inténtalo otra vez! -, dijo mi madre mientras nuevamente le limpiaba el babero de restos de comida.
Mi abuela volvió a llevar la cuchara al plato, cargándola con un poco de crema de calabacín. Seguí con ávidos ojos la trayectoria temblorosa de la cuchara hasta que, esta vez si, alcanzó su boca. Y la abrió.
– ¡Muy bien mamá, muy bien! -, jaleó su hija.
No sabía cómo contribuir a esta tierna escena, así que me limité a dar un beso a mi madre, llevándome impregnada en los labios una de las lágrimas que habían comenzado a rodar por sus mejillas.

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