Dos extranjeros (Jaime A. Canta)

Los policías recordaron cómo el par de extranjeros, en el camellón que divide al bulevar costero, se bajaron los pantalones y oreaban su culo para que medio mundo los viera. A los dos borrachos su conducta les causaba risa esa noche, sentían que con ello aportaban felicidad al mundo. La embriaguez los desinhibió para decir maldiciones y ofender a los transeúntes. Ellos arrancaron todas las ramas posibles de un arbolito ornamental y las lanzaron a los vehículos que les pitaban. Los comerciantes de la zona turística escandalizados llamaron a la policía para que acabaran con la escena.
El arresto se prolongó por más de media hora. Así que cuando llegaron con los detenidos a la comandancia los policías llevaron directamente a Bob y a Willy al pozo de excremento que usaban para castigar a los borrachos indecentes. Ocho horas después, dos empleados de intendencia arrojaron una soga a los castigados para sacarlos de la porquería. Los dos hombres salieron ensopados y hediondos. Uno de los empleados los enjuagó con un chorro de agua que salía de una manguera verde y, al final, les gritó a los dos tristes extranjeros: ¡Váyanse de aquí, ya están libres!

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