Draco (Carlos Wilheleme)

Vaya diablo aquel que no puede renunciar al cuerpo de una persona. Ahora entiendo por qué algunos demonios crecen cabezones, lánguidos y hasta demacrados. No es que yo, como esencia nauseabunda, me sienta más robusto; pero veo a mis socios del infierno y descubro las diferentes categorías de la desdicha.
Están los quemados vivos. En otro lado, los que administran el odio. Y más allá, en el drenaje del sumidero, otros cuántos que no conocía, los que no pueden asomarse, los de los ojos blancos, secos y grotescos, los espantados: los que viven muriendo de miedo sin terminar de morir.
¿Yo? Tuve que arder en vida para convertirme en estrella. No lo decidí así. Claramente me alcanzó el fuego. No es consuelo, pero tengo camaradas que siguen gestionando perdones en la industria del dolor y aún no llegan al cielo.
El asunto es que hoy se acercó a la leña uno de esos diablos de la coladera, el moribundo que se encaja en otros cuerpos por temor a reflejar el suyo. Se llama Draco, el misterioso dragón sin dueño, y anda mendigando brillo, ¡mendigando brillo en el infierno!

Terrible soledad la de un ser sin fuego.

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