El druida y la Rama Dorada (Enrique Ciller Martínez)

Julio César ordenó que le dejaran a solas con el prisionero, un anciano envuelto en cadenas. El romano, de pie, se dirigió al encadenado que estaba de rodillas frente a él:
“Sé quiénes sois los druidas y conozco vuestro poder. Engañáis a mis soldados para que persigan a los galos hasta el interior de los bosques y son pocos los que se libran de vuestras trampas. Los osos y lobos hieren a mi gente. Los insectos les ocasionan terribles picaduras. Las malezas atrapan sus piernas y los dejan a merced de las espadas enemigas. Pero el oro y el látigo de Roma también son poderosos. Supe que vosotros, los sacerdotes galos, sois pastores de árboles y fieras. La magia que utilizáis proviene de un arbusto que crece sobre los robles, la Rama Dorada. Una planta con muchos poderes, capaz de prolongar la vida cientos de años. Te cambio tu vida por ese secreto.”
El viejo druida aceptó el trato. Pidió que le condujeran donde crece la Rama Dorada y que  cuando volviera tuviera en la celda los útiles necesarios. Cesar le proporcionó lo que pedía. Cuando el carcelero acudió a llevar comida y agua al preso vio que éste había huido. En su lugar había una enorme águila que escapó volando por la puerta.

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