Eclípsame otra vez (Purificación Ruiz)

El monte era un hervidero de gente.
Una atmósfera de mágica hermandad nos cubría de excitación.
Era ese momento de ancestral comunión que supera el tiempo y los avances y nos devuelve a la caverna para compartir un espectáculo sin igual dibujado en el cielo: el eclipse.
Dicen que el sol y la luna inventaron los eclipses para poder acariciarse y besarse a oscuras. Sin mirones ni testigos. Encontrarse en el universo y rozarse apenas un instante. Y fundirse en el negro de la noche en la intimidad, sin poetas  ni color.
Mientras, nosotros, pequeñas luciérnagas terrenales, observamos la belleza de su encuentro intuyendo su gesto de amor.

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