El muñeco de la repisa (Andrés Diplotti)

Quizás fue por un encantamiento murmurado, por la instalación de un espíritu errante o por el influjo mágico de una estrella; lo cierto es que el muñeco de la repisa cobró vida.

Su primer impulso fue moverse, caminar, recorrer el mundo. Sus empeños no dieron fruto. Para moverse hacen falta músculos, huesos, articulaciones.

Hubo de resignarse, pues, a la pequeña porción de universo que pudiera contemplar desde la repisa. Pero ni siquiera este magro consuelo sería suyo. Sus ojos eran vidrio pintado, incapaz de percepción.

Lo habría invadido el pánico ante la perspectiva de esta existencia vegetal; pero le faltaban glándulas suprarrenales que segregaran adrenalina y un torrente sanguíneo en que verterla.

Privado de sensación y movimiento, no le quedaba sino consagrarse al intelecto puro. Pero, ¿qué ideas podía concebir sin un cerebro que rellenara su cabeza de porcelana?

De inmediato comprendió la terrible verdad.

En el mundo real, lejos de los cuentos, los muñecos cobran vida en vano.

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