El rey y la doncella (Carmen Aznar Sanabria)

Has llegado, y traes contigo los tragos de la valentía, y un palillo en la boca para reconocer el fétido sabor de tus entrañas. No sé qué balbuceas, pero parece un parapléjico grito de tarzán. Quiero sonreír pero el taconeo del tap de la bravura, me deja ver al toro que va a envestir a su presa.
Aquí estoy, entre una esdrújula pensada y una coma de calma, como carne viva entrando al matadero. Desterrada de la vanidad; diluida entre el miedo y la costumbre. Con las manos aferradas al friegue haciendo honor a la escasa reputación que me reverencias, pero eso sí, limpia y arreglada, para evita la saña de tu desprecio.
La suave brisa que brota de tu cercanía parece una tormenta gris que chupa hasta el alma. Ya no hay un abrazo por la distancia, ni un beso por costumbre, apenas un apretón en una nalga para demostrar tu posesión. Y sentarte a la mesa para ser servido como el vil rey de antaño que comía y azotaba.
Presa de cobardía, enajenada en la polución de un hogar sórdido, con el pensamiento en solitario, y envenenada de venganza. Esperando el milagro de que algún dios, sino es que no es mi Dios, me devuelva la cordura de valorarme, o me dé el tridente para matarte.

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